Algo eternamente romántico fluye
junto al agua por los canales de Brujas.
Estamos en
una ciudad con historia, vinculada durante siglos al comercio y que desde
finales del siglo XIX, coincidiendo con la publicación del libro ‘Brujas la
muerta’ del escritor Georges Rodenbach, se convirtió en referencia romántica
por excelencia recibiendo a visitantes de todo el mundo interesados en vivir la
pasión a la orilla de sus canales.

Brujas desvela su encanto
histórico y el embrujo de su pasado romántico al pasear por sus calles y
plazas. Al llegar a la plaza del Burgo, el viajero se
encuentra con una suerte de maqueta que encierra una lección de historia y
arquitectura que se extiende a lo largo de casi siete siglos.
Ahí está su Ayuntamiento, el palacio de
Justicia y hasta tiene su iglesia con reliquia, la basílica
de la Santa Sangre. Se cuenta que la reliquia llegó hasta estas tierras por uno de
aquellos hombres que marcharon a las Cruzadas dejando a sus mujeres en los
beaterios
Desde la plaza nuestros pies se
mueven, como guiados por algún espíritu invisible, en dirección a los canales.
Ocurre tras pasar por el arco del Blinde Ezelstraat (el callejón del Asno Ciego), hasta laHuidenvettersplein (plaza de Curtidores) y de allí al Rozenhoedkaai (muelle del Rosario), uno de esos
lugares cuya belleza es capturada una y otra vez por los flashes de las cámaras de fotos.
La fascinación por la belleza arquitectónica en Brujas continúa
en el Hallen (el antiguo mercado cubierto) y en la torre
Belfort: el visitante curioso se entretendrá al ir contando sus
escalones uno a uno para comprobar, justo al llegar a lo más alto, que tiene
tantos como días los años bisiestos. Desde allí el viajero podrá entretenerse
buscando, gracias a las flechas marcadas en la piedra,
la dirección en la que se encuentran las grandes ciudades europeas. El encanto de Brujas tiene mucho que ver
con el
caballo, animal muy vinculado a la historia de la ciudad. Aún es posible verlos
paseando por sus adoquinadas calles, tirando de carruajes que descubren a los
ya fascinados viajeros la belleza sobria del lugar.
Tras esculpir La Piedad, Miguel
Ángel trabajó en
la Virgen y el niño que
hay en el interior de la iglesia de Nuestra Señora. En
ella destaca también una tabla con los escudos de los treinta caballeros del Toisón de Oro, orden muy
católica, muy apostólica y muy romana pero con un símbolo pagano: el vellocino
de oro.
Cada mañana, muy temprano, las campanas animan a empezar el día.
El sonido de las ruedas en los adoquines avisa de la llegada de las bicicletas y, a ritmo constante, todo el mundo va
ocupando su lugar: el tendero, la chica que prepara
gofres, el cochero y los viajeros. Si con la llegada de
la gente es necesario hacer una pausa, hay que irse hasta los jardines del museo
Groeninge y luego
al interior de la pinacoteca para ver su interesante colección de primitivos
flamencos.


